Killian
Nos separamos del beso con las bocas húmedas y las respiraciones agitadas. Sienna permanecía sentada sobre la mesa de roble, con el camisón de seda rasgado en el pecho y las piernas entreabiertas. La sangre de mi herida nos manchaba la piel a los dos. La verdad sobre nuestras familias flotaba en el aire del despacho, pero la culpabilidad de otro secreto pesado me quemaba las entrañas. No podía seguir mirándola a los ojos, sintiendo cómo se entregaba a mí con esa furia desesperada, sin s