Sienna
Le devolví el beso con la misma furia, mordiéndole el labio herido hasta sentir el sabor a sangre en la boca. La idea de que pudiéramos compartir la misma sangre no detuvo el fuego; al contrario, lo convirtió en una locura donde el deseo venció a la razón.
Killian me abrió el abrigo de lana con brusquedad, jalando la seda del camisón hasta rasgarla por el escote. Mis pechos quedaron al descubierto bajo la luz tenue de la lámpara. Él me agarró con las manos frías y curtidas, apretando la