La brusquedad con la que interrumpí el contacto dejó el aire congelado entre nosotros. Sienna me miró con los ojos desorbitados, las pupilas completamente dilatadas por el deseo y la confusión. Sus labios, húmedos y encendidos por el roce violento de mi boca, permanecían entreabiertos, buscando el aliento que le había arrebatado. Sus muñecas seguían atrapadas bajo la firmeza de mis manos, y sentí los latidos desbocados de su pulso golpeando directamente contra mis palmas.
La biblioteca del desp