Al día siguiente, llegada la hora de la cena, la tensión era casi palpable, cargada en el aire como un peso insoportable. La cena había comenzado con la misma sensación de incomodidad que lógicamente me iba a invadir en estas situación, pero hoy era diferente. Esta vez no se trataba de las miradas de los demás, ni de las sonrisas forzadas. No. Esta vez había algo mucho más perturbador que me revolvía el estómago, algo que me hacía sentir como si estuviera atrapada en una telaraña invisible de l