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La promesa de Killian

Nunca me gustaron las mujeres que caminan como si el mundo les debiera algo, y menos las que llegan al rancho perfumadas, con las uñas pintadas y los ojos llenos de arrogancia.

Pero ella… Ella lo lleva al siguiente nivel.

Sienna Merker. La bastarda de ciudad. La última ofensa de un viejo al que le di mi lealtad… y que, sin embargo, decidió dejarle parte de su legado a una desconocida con cara bonita y nombre de perfume caro.

Desde que pisó esta tierra con esos zapatos ridículos y esa expresión de desprecio mal contenido, supe dos cosas: Primero, que no iba a durar, y segundo, que iba a disfrutar cada minuto viéndola desmoronarse.

—¿Qué pasa? —le dije cuando llegó hasta quedar frente a mí luego de bajarse de la lujosa camioneta como si esperara una alfombra roja—. ¿Esperabas un recibimiento con aplausos?

No respondió.

Se limitó a girar la cara con esa superioridad que tienen las mujeres que nunca han tenido que ensuciarse las manos para ganarse el pan. Me miró como si fuera parte del barro, del polvo, del sudor… y acertó. Porque eso soy, y este lugar también. No hay oro aquí. Solo huesos, tierra, y sangre seca entre los surcos.

Aunque el sol comenzaba a caer, su sombra seguía proyectándose con la misma arrogancia que traía en la voz.

—Quiero una habitación. —No pidió. Ordenó.

La miré desde el porche sin mover un músculo, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Tenía el rostro brillante por el calor y el labial rojo aún intacto, como si se hubiera bajado de un maldito desfile de modas y no de una carretera de tierra.

—No estás en un hotel. —Escupí las palabras como tabaco viejo—. Aquí no se “pide”, se sobrevive.

—¿Eso es una forma rústica de decir “bienvenida”? Porque está fallando. —Alzó una ceja, divertida. Insolente.

Me separé del poste con lentitud. Caminé hacia ella despacio, dejando que mis pasos retumbaran en la madera seca del porche. Cada paso era un golpe. Cada mirada, una advertencia.

—La habitación de los huéspedes está ocupada. Puedes usar el cuarto del ala trasera. —Me giré y empecé a caminar sin esperar que me siguiera—. Si te molesta el polvo, puedes dormir sobre tu apellido. Dicen que algunos nacen con almohadas de orgullo.

—¿Y tú naciste con estiércol en el alma o fue cosa de crianza?

Me detuve. No me di la vuelta. Solo sonreí de lado.

—Verás, princesa, aquí las cosas se ganan. Las camas, el respeto, el aire. No llegas con labios pintados y lo reclamas todo.

—No vine a reclamar. Vine a quedarme. Lo que me ofreciste no me asusta.

—La puerta no tiene cerradura. —Me di vuelta y la miré fijamente—. Y las paredes… escuchan. A veces responden.

Ella no bajó la mirada. Ni siquiera pestañeó.

—Perfecto. Así me ahorro el esfuerzo de repetir que no vine a temerle a un hombre con sombrero y complejo de amo.

—No tengo complejo de amo. —Me acerqué otro paso—. Soy amo. De este rancho. De cada pedazo de tierra que pisas. Hasta de la cama donde vas a dormir.

—¿Y qué más? ¿También vas a decirme cuándo respirar?

—Solo cuando jadees. —Mis ojos bajaron un segundo, justo lo suficiente para que entendiera el mensaje—. Si llegas a quedarte lo suficiente como para merecer el polvo que tragas.

Ella tragó saliva. Disimuladamente. Pero lo vi.

—Qué decepción —susurró, inclinando apenas la cabeza—. Pensé que un hombre como tú sabría intimidar sin babear.

Me reí. No de verdad. Solo lo justo.

—Te falta mucho que aprender, Sienna Mercer.

 —Y tú tienes mucho que perder, Killian Rhodes.

La llevé hasta la puerta de la habitación. La abrí con una patada. Adentro, había solo una cama sin sábanas, una mesita coja, una bombilla colgando como si en cualquier momento fuera a rendirse. La ventana tenía el marco roto y el vidrio trizado en una esquina. Una telaraña colgaba en la esquina del techo, ajena a nuestra guerra muda.

Ella dio un paso al frente. Miró todo con detalle. No hizo comentarios.

Solo soltó su bolso sobre la cama y giró hacia mí.

—Gracias por la hospitalidad. Me siento como en casa.

—¿Siempre dormías en el desván?

—No. Pero siempre aprendí a usar los espacios como armas. Incluso los más sucios. —Se acercó un poco, lo justo para que su perfume me rozara la nariz—. ¿Y tú? ¿Siempre necesitas hacer sentir pequeñas a las mujeres para mantener tu virilidad intacta?

La tensión era palpable. Estaba provocándome. Jugando con fuego.

—No hago sentir pequeñas a las mujeres. Solo a las intrusas que creen que pueden robar lo que otros han sudado.

—No vine a robar. Vine a tomar lo que se me entregó. Con o sin tu aprobación.

—Aquí no se trata de aprobación. Se trata de resistencia. —Incliné el cuerpo hacia ella. Sus labios estaban a centímetros. Sus ojos ardiendo—. Y tú no vas a resistir, Sienna. Yo me voy a asegurar de eso.

Ella no se movió. Ni retrocedió. Solo levantó la cabeza con un gesto altivo.

—Entonces, prepárate para decepcionarte. Voy a resistir hasta que maldigas haberme subestimado.

Nos quedamos así un segundo más. Viendo quién parpadeaba primero. Quién respiraba más fuerte.

Al final, me giré. No por rendirme. Sino porque sabía que dejarla con la sensación de no haberme vencido sería más efectivo.

—Cena a las siete. Si no sabes freír huevos, aprende. Aquí nadie cocina por nadie.

 —Tampoco me visto para impresionar a nadie. Pero si quieres mirarme… te costará caro.

Cerré la puerta con fuerza. Sonreí para mí mismo mientras bajaba las escaleras.

Ella era fuego. Y yo… yo era la maldita gasolina.

Me fui hasta el porche y ahí me quedé fuera. No fumaba, no bebía. Solo observaba. La casa respiraba distinta con ella adentro. Como si el mismo rancho la rechazara.

Pero había algo más. No era solo desprecio lo que me hervía por dentro. Era… curiosidad.

Mórbida, sucia, casi violenta.

¿Cómo reaccionaría cuando empezara a doler? ¿Cuánto aguantaría antes de irse llorando, con los tacones rotos y el ego hecho trizas?

La idea me excitaba. No sexualmente. Era otra clase de fuego: el de tener a alguien en tus manos, despacio, observando cómo se parte por dentro. Quería que se manchara. Que se arrastrara. Que viera lo que realmente dejó su padre, y que lo odiara tanto como yo.

Mo llegó a la hora de cenar, pero supe que había ido a la cocina, lo supe por como dejé los trastes organizados y encontré muchas cosas fuera de lugar.

La mañana siguiente, la cité junto al corral.

—Hoy vas a alimentar a los cerdos —le dije con la misma voz que uso con los nuevos peones.

Me miró como si quisiera escupirme en la cara. Pero no dijo nada.

Solo agarró el balde —uno cargado de restos, grasa, vísceras podridas— y caminó como si llevara una bandeja de plata. Sus botas tropezaban en el barro, su falda se manchó al segundo paso, y aun así, siguió.

Y yo… Yo la observé. No porque me preocupara, sino porque quería ser testigo de su quiebre. Pero no se rompió.  La muy maldita no hizo ni una mueca. Al final, se limpió las manos con un trapo sucio y se me plantó de frente.

—¿Cuál es el siguiente truco, vaquero? ¿Lavar establos con la lengua?

Casi me reí. Casi. Pero no podía darle eso. No aún.

—Eso depende. ¿Sabes hacer trucos con la lengua?

Ahí sí se le movió un músculo en la mandíbula. Orgullo herido. Buen comienzo.

La dejé con ese comentario colgando entre nosotros, como una cuerda tensa que eventualmente iba a estrangular a alguien. Y aunque no lo admitiría en voz alta, por primera vez desde que supe del testamento… me sentí vivo.

Aún sentía su perfume pegado a la garganta, como si hubiera dicho más con ese silencio desafiante que con cualquier frase arrogante. Esa mujer tiene veneno en la lengua, pero lo que de verdad me inquieta es la calma con la que lo sirve. No grita, no tiembla, no suplica. Solo observa. Se mantiene de pie.

Y eso me jode más de lo que debería.

Caminé hacia los corrales traseros con el ceño apretado, buscando a Alec. Necesitaba decirle que la intrusa no solo había llegado… sino que se había quedado. Y lo peor: que parecía dispuesta a resistir.

Lo encontré medio agachado, junto al establo principal, agachado como si supiera hacer algo más que perder el tiempo. Alec, con las manos grasientas, la camisa empapada en sudor y ese tufo eterno a whisky que ya ni disimula.

Estaba dándole vueltas a una cerca rota desde hace dos años. Como si ahora le importara. Como si mover un clavo pudiera esconder lo inútil que es.

Me apoyé contra la madera caliente, con el sombrero inclinado hacia atrás y la voz tan seca como la tarde.

—Sorpresa. La bastarda llegó.

Ni siquiera me miró. Solo soltó un gruñido cansado.

—¿Y no lloró al pisar tierra? Qué decepción.

—Ni una lágrima.

—¿Ya se fue?

—No.

—¿Cómo que no?

Cruzó los brazos, ahora sí, con la frente fruncida. El muy imbécil esperaba que huyera apenas oliera estiércol.

—Durmió en la habitación del ala vieja —le dije—. Comió lo que había. Se ensució las manos con vísceras de cerdo esta mañana.

Alec parpadeó. Esa sí no la esperaba.

—No me jodas. ¿La princesa no vomitó?

—No. Ni pestañeó.

Se rió. Fue una risa seca, incrédula, de esas risas que tienen más veneno que humor.

—Mierda. Creí que duraríamos dos días sin tener que lidiar con ella.

Le di la razón con un gesto.

—Yo también. Pero aquí sigue. Como espina clavada bajo la uña.

—Entonces hazla sangrar. Ya sabes cómo.

Fruncí la mandíbula. Me conocía. Sabía que sabía hacerlo. Pero esta vez era diferente.

—No es tan simple.

Me miró de reojo, curioso.

—¿Desde cuándo se te complica una mujer?

—No es ella. Es lo que representa.

—¿Qué estás diciendo?

Me separé de la madera y lo miré de frente. Las palabras salieron lentas, medidas.

—La quiero fuera. Pero no quiero que se largue por culpa de este lugar. Quiero que se vaya por mí. Quiero que se quiebre por dentro. No solo por fuera.

Alec se carcajeó. De esas risas feas, que huelen a alcohol y mala intención.

—Siempre fuiste un cabrón retorcido.

No lo negué. No tenía por qué.

—El testamento fue una trampa —le dije, serio—. Pero lo que venga después... eso es mío.

Volvió a clavar la mirada en mí, sin entender del todo.

—¿Y si no se cede?

Ah, la pregunta equivocada.

Le sostuve la mirada sin pestañear. Frío. Firme.

—Al final, hasta el acero cede. Y ella no es acero.

La diferencia está en quién las sostiene mientras caen… o quién las deja hechas polvo, y Y Sienna Mercer…

La voy a dejar tan rota que ni su reflejo se va a atrever a reconocerse.

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