La intrusa

No la había visto en persona y ya sentía rechazo por ella. Ahora más al verla llegar con esa parsimonia malcriada que hace que hasta el polvo quiera escupirle primero.

Me crucé de brazos apoyado en el marco del granero. Alec estaba a mi lado, masticando rabia y tabaco. Escupió al suelo, sin mirarla.

—¿De verdad no lloró al pisar tierra? —preguntó Alec—. ¡Qué decepción! —Su mirada era de desconcierto.

—Ni una lágrima.

—¡Qué decepción! —repitió Alec.

—No parece tener planes de irse.

Y justo en ese instante apareció ante nuestros ojos, aunque aún distante. Alec gira a verme como si esperara una reacción de mi parte. No hice ni dije nada. Volví la mirada y ahí estaba como cual amazona. Llevaba pantalones ajustados, camisa blanca arremangada y botas de ciudad llenándose de polvo en cada paso. El cabello rubio lo llevaba recogido en una coleta apretada. Dejaba ver el orgullo en cada gesto.

Sacudí la cabeza y acepté que era un error con piernas largas.

Ya sabía que no me esperaban flores de bienvenida, tampoco una maldita pancarta de bienvenida. Miro a la distancia, y todo me parece tan cargado que provoca salir corriendo. Pero la hostilidad en este lugar era palpable. Como si el aire ya me odiara antes de que respirara.

¡Ups! Como si la vida me premiara, giro la mirada y ahí los veo.

Vi al otro sujeto cerca de Kilian, supongo que es Alec Mercer. Mi maldito medio hermano. Tenía esa cara de hombre que dejó de soñar y se conformó con escupir en el suelo. Su camiseta estaba sucia, el cigarro le colgaba de los labios y su mirada me atravesó como si quisiera empujarme de regreso a mi lugar.

—Vaya, la bastarda tiene piernas —escupió apenas me acerqué a ellos.

No me inmuté. No le iba a regalar mi furia tan pronto.

—Y tú hueles a decepción —dije con calma, sin detenerme—, medio hermano —agregó con cierto dejo de acidez en mi voz.

Killian estaba en la puerta del granero. No se movía, no parpadeaba, solo me miraba. No como un hombre mira a una mujer, sino como un depredador mira a un animal que se niega a ser presa.

Si la vida quería ponerme a prueba, ahí era el momento. Cuando se detuvo frente a mí, su sombra rozó la mía. No pestañeó. No desvió la mirada. Tiene fuerza la condenada. Me gustaba eso y a la vez me molestaba eso.

—Sienna Mercer —dije, seco—. Pensé que ya te habías cansado de fingir y te habías ido.

—Me invitaron, no sufro de mala educación, debo honrar la invitación del difunto.

—Nadie te invitó. Fue un testamento. No lo confundas con bienvenida.

—¿Y tú qué eres? ¿El que ladra cuando llegan visitas?

Me incliné sobre ella apenas, lo suficiente para que mi voz le rozara el oído sin tocarla.

—Soy el que decide si sobrevives aquí o no. Y no estoy apostando por ti.

Ella sonrió. No fue una sonrisa dulce, tampoco amable, sino la de quien lleva dinamita en los bolsillos y disfruta caminar entre llamas.

—Entonces no apuestes… Observa, y toma nota.

Me giré sobre mis pies y regresé a la casa. Parte de mi muestra de fortaleza a veces raya en exceso de coqueteo, bamboleo mis caderas con aires de que el mundo me importa un bledo si ellos dos son los Dioses… o pretenden serlo.

Aunque ya lo había visto, el interior de la casa no ayudaba a mejorar mi estado del humor. Al verla con atención me di cuenta que era peor de lo que imaginé. Madera vieja. Aire espeso. Parecía que el tiempo ahí dentro no pasaba… solo se pudría.

No lo había percibido pero, Killian caminaba detrás de mí. No hablaba. Solo avanzaba como si me estuviera vigilando.

Subi hasta la habitación que él mismo me dio la noche anterior. Solo verla era la clara muestra de lo que me esperaba, es decir, vivir la hospitalidad… nivel infierno.

—Espero hayas dormido como un bebé —escuché el sarcasmo en el tono de su voz rasposa cuyo aliento pareció quemarme el lóbulo de la oreja, me moví para alejarme de él y quedar de frente para mirar sus malditos ojos—. Si sobrevives el primer mes, vemos si mereces almohadas.

Me crucé de brazos, sin entrar.

—¿Y si me da por dormir en tu cama? —inquirí con odio, pero mi voz fue pausada.

Por un segundo, su mandíbula se tensó. Fue un gesto apenas perceptible. Pero lo noté, y lo disfruté.

—No quieras probarme, Mercer. No vas a ganar por ese camino.

—No vine a ganar. Vine a quedarme. Aunque les arda.

Ella quería probarme. Era evidente que no conoce de límites. Me acerqué. Un paso, luego otro. Hasta que su respiración chocó con la mía.

—Entonces prepárate para sangrar. Porque en este rancho nadie sobrevive sin dejar algo atrás.

Ella me miró sin pestañear. Con esa calma que solo tienen los que crecieron entre tormentas.

—Perfecto. Me sobran cosas que quiero perder.

Y ahí supe algo: Que no iba a ser fácil pelear en contra de ella. Que esa maldita mujer no había venido a cumplir un testamento. Había venido a incendiarlo.

Apenas abandoné la habitación, se encerró en ella sin decir más. Ni quejas, ni súplicas, ni siquiera un “gracias” mal escupido. Eso me jodió más de lo que debería.

Me fui sin mirar atrás. Bajé las escaleras, salí al porche y crucé el patio polvoriento hacia el granero otra vez. El calor golpeaba con fuerza, y el polvo se pegaba a la piel.

—Maldito A**o con botas vaqueras —refunfuñó Sienna.

Miré a la puerta, tenía la intención de cerrarla y recordé de mala gana que la puerta no cerraba. La que había era decorativa. Me senté en el borde de la cama. Saqué el bolso. Miré mis manos: polvo y tierra bajo las uñas. Sonreí.

Celebré en silencio, porque a los muy desgraciados les di una lección.

—Perfecto.

Pensaran que me iban a frenar al darme una habitación sin ventana ni cerradura.

Me levanté, fui al baño —si podía llamarse así— y me lavé la cara. El agua salía marrón al principio. Me miré al espejo. Había una grieta justo entre mis ojos. Sonreí otra vez.

Una grieta más. Una grieta menos. No era nada que no pudiera manejar.

Después de secar mis manos y el rostro, bajé por las escaleras con pasos lentos, dejando que los tacones de mis botas chocaran contra la madera gastada.

En la cocina había una vieja cocinera revolviendo algo en una olla. Me miró como si hubiera visto un fantasma.

—¿Dónde está el café? —le pregunté sin saludar. Ella tampoco fue agradable en su mirar.

No contestó. Solo señaló un termo.

Me serví una taza. Me la llevé al porche. Me senté cruzada de piernas, mientras sostenía la taza en mi mano derecha. Me dediqué a observar el rancho como si fuera un animal salvaje que debía aprender a obedecerme.

Y fue entonces cuando los vi una vez más. Killian y Alec, cruzando el corral, mirándome como si ya me hubieran condenado. Como si yo no fuera más que una molestia con perfume caro.

Me puse de pie. Dejé la taza en la baranda. Los enfrenté.

—¿Van a seguir cuchicheando como dos viudas o van a decirme las reglas de este circo?

Killian se detuvo a tres pasos. Me sostuvo la mirada.

—No hay reglas.

—Entonces no esperen obediencia.

Alec sonrió, en una actitud despectiva. Killian no.

—No estamos aquí para hacerte sentir bienvenida, Mercer.

—Perfecto. No vine a buscar cariño.

—Entonces, ¿qué viniste a buscar?

Di un paso hacia él.

—La tierra. El título. El nombre. Lo que me negaron toda la vida.

—¿Y estás dispuesta a dejarte destruir por eso? —me preguntó Kilian.

—¿Quién dice que voy a ser la destruida?

Se inclinó hacia mí. Muy cerca, y otra vez sentí esa sombra pesada. Otra vez ese olor a sudor, cuero y control.

—Todas se rompen.

Sonreí, ladeando la cabeza.

—Tal vez. Pero algunas se rompen en pedazos que cortan.

Ella tenía razón. Algunas se rompen en pedazos que cortan.

Y Sienna Mercer… ya estaba afilando los suyos.

Se giró con una elegancia impertinente, recogió la taza de café como si todo esto fuera suyo, y volvió a sentarse. Cruzó las piernas, con esa maldita expresión de “me importa una m****a todo”, y se dedicó a observarnos.

Como si fuéramos su espectáculo. Como si ya hubiera decidido cómo vencer, y esa certeza me irritó. Porque había algo en su manera de estar quieta que descolocaba. No buscaba simpatía. No buscaba seducción. Estaba demostrando que ahí para resistir., y yo odiaba a los que resistían.

—¿No se supone que iba a salir corriendo? —escupió Alec con una risa ronca—. Esto se está poniendo aburrido.

—Dale tiempo —le respondí, sin despegar los ojos de ella—. A veces la caída se disfruta más si tarda en llegar.

—¿Y si no cae?

No respondí. La pregunta me había venido martillando las sienes desde que la vi bajar de la camioneta.

No los soporto, volví a entrar en la casa. Me dolía el cuello del calor, y las botas empezaban a pasar factura. Pero no les iba a dar el gusto de verme flaquear.

Subí otra vez a la habitación. Me quité las botas y abrí el bolso. Saqué un pequeño espejo, un lápiz de ojos y un encendedor. Me delineé sin apuro, como si fuera a enfrentar una guerra y necesitara mi máscara intacta.

Mi madre siempre decía: “El maquillaje no es para gustar. Es para intimidar”.

El reflejo en el espejo me devolvió una mirada terca. Acero templado. No iba a caer. No todavía.

Un golpe en la puerta me hizo girar.

—¿Sí?

Era Killian. Asomó su cabeza, sin pedir permiso, con esa jodida costumbre de invadir espacio sin tocar.

—Vamos al establo.

—¿Eso es una orden?

—No. Es una prueba.

Me calcé las botas sin dejar de mirarlo.

—Perfecto. Me encantan los exámenes. Sobre todo cuando sé que el profesor quiere que fracase.

La vi ponerse de pie con esos aires de suficiencia que me cabrean hasta la médula. Caminó junto a mí sin hablar. A medida que avanzábamos los peones disimulaban las miradas, pero todos sabían lo que estaban viendo: una guerra declarada.

La llevé al corral trasero. Ahí estaban los cadáveres de la última matanza: tripas, sangre, moscas. El hedor era espeso.

Ella se detuvo, me miró y alzó una ceja.

—¿Me vas a hacer limpiar esto?

—Lo vas a hacer porque vives aquí. Aquí todos limpian la m****a. No hay coronas para las hijas olvidadas.

Sonreí en mis adentros, al tener la dicha de darle la nueva tarea. Me crucé de brazos, esperando que diera media vuelta o que vomitara. Cualquiera de las dos me habría satisfecho.

Pero ella bajó la mirada a los restos, tomó una pala y empezó a trabajar.

Sin una palabra.

Las botas se le enterraron en barro con sangre. Sus manos blancas y delicadas terminaron manchándose de rojo, y el olor del lugar la envolvió.

Y pese a todo ello, no se detuvo, no se quejó.

«¡Maldita condenada!», exclamé en mi interior.

El que no diera señal de incomodidad, ni siquiera una leve curvatura de sus labios o su ceño, era una clara declaración de guerra. Y eso… me jodió. Mucho más de lo que debió hacerlo.

La pala era vieja y pesada. La sangre se pegaba a los guantes como si quisiera quedarse conmigo. Pero yo conocía el asco. Lo había vivido en otros formatos: en palabras, en gestos, en promesas que se volvían amenazas.

Así que moví las tripas con calma. Con toda mi calma. Como si cada víscera fuera un insulto que merecía ser enterrado con mi paciencia.

Sentía su mirada sobre mí. Ardiente, quieta e intensa. Sabía que el muy maldito estaba esperando un signo de quiebre en mí.

Pero yo no vine a darle el gusto él, a Alec, ni al maldito que me puso aquí, ese que dijo en un papel que era mi padre.

—¿Qué pasa? —le pregunté sin levantar la vista—. ¿Te decepciona que aún no esté llorando?

—Me intriga —respondió él, cruzando los brazos—. Eso es más peligroso.

—¿Para quién?

Hubo un silencio pesado. Todos los que estaban cerca me veían.

La pala cayó contra un hueso. Chocó con un sonido seco. Como una amenaza.

Me incorporé, sudada, sucia, con la respiración pesada. Lo miré. Directo. Sin parpadear.

—Tienes un problema, Rhodes. Crees que el barro solo hace mejores hombres. Déjame decirte que yo aprendí que lo que te hunde también puede enseñarte a nadar.

Él me sostuvo la mirada. Algo oscuro vibró en sus ojos. No era deseo, tampoco odio. Era algo peor: interés.

La miró y siento que me quedé, por primera vez en mi puta vida, sin palabras. Ella debía haber llorado. Vomitado. Gritado. No haber soportado el hedor, la crudeza, el trabajo.

Pero no solo aguantó. Lo dominó, y eso me enfureció. Porque una mujer como ella, cuando se queda… en cualquier lugar… cambia el orden de las cosas.

Y yo no tolero el caos. Yo lo creo, yo lo domino… Y si Sienna Mercer quiere quedarse, tendrá que pagar cada día con algo: fuerza, miedo, deseo, sangre. Y cuando por fin no sepa si quiere quedarse o escapar… Ahí, justo ahí, estaré esperando gustosamente para quebrarla pedazo por pedazo.

No con barro, no con trabajo. Conmigo.

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