Mundo ficciónIniciar sesiónEl sonido del gallo me arrancó del sueño. No porque quisiera dormir más, sino porque había soñado con él. Con sus ojos fríos, con esa maldita forma en la que su voz se arrastraba por mi piel como si pudiera cortarla. Me levanté antes de que el primer rayo de sol tocara el cielo, me di una ducha con agua templada y me vestí sin pensarlo demasiado. Vaqueros, camisa, el cabello atado con rabia. A las seis en punto, me presenté en los establos. Ni siquiera pasé por la cocina a buscar una gota de combustible, negro, café. No iba a permitirle a ese hombre decir algo que minimizara el logro de ayer.
Cuando llegué, él ya estaba allí. Apoyado contra un poste de madera, como si fuera dueño del amanecer.Llevaba el sombrero echado hacia atrás, el rostro sombreado por la mañana y ese maldito aire de hombre que lo ha visto todo y que no siente nada. —Llegaste puntual. Te creí más blandita. —Y yo creí que los hombres rudos no esperaban. ¿Te traicionó el ansia? Sonrió, pero no era una sonrisa real. Era un amague de amenaza. Como si sonreírle al enemigo fuera parte del juego. —Hoy vas a ensuciarte de verdad, princesa. Hoy vas a ganarte cada mirada que te lanzan. —Ya lo hago. Pero si quieres quedarte a mirar, está bien. Me gusta que sufras. Algo en su mirada se encendió. No fue deseo. Fue hambre. Esa clase de hambre enferma que no busca placer, sino control. Dominio. Morbo. Me entregó un cubo y una escobilla. —Hoy te toca limpiar los comederos. De rodillas, si es necesario. Como cualquier otra. —Como cualquier hombre, querrás decir. Porque aquí las "otras" solo abren las piernas y callan. Y no soy ninguna de esas. Vi su ceja alzarse, como si mi grosería fuera una joya inesperada. No me corrigió. No se escandalizó. Al contrario, me miró con más atención. Como si cada palabra sucia que salía de mí alimentara su propia podredumbre. Y me puse a trabajar. Hundí las manos en la mezcla húmeda y pestilente, raspando con fuerza los restos adheridos. El olor era asqueroso, pero había olido peores cosas: como el perfume falso de mi madre cuando sonreía al anunciar mi compromiso forzado. Esto, al menos, era real. Crudo. Lo sentí observándome. No con lujuria, sino con una especie de fascinación maliciosa. Como si esperara ver el momento exacto en que me quebrara. Como si imaginara que iba a llorar o a suplicar. Pero no le iba a dar ese gusto. Ni en mil vidas. Al pasar frente a mí, su bota rozó mi brazo. Lo hizo a propósito. No me aparté. Lo vi. Me vió. El choque de miradas fue brutal. Ahí estaba otra vez. Esa tensión sin nombre que ni él ni yo podíamos disimular del todo. —Te ves bien en el suelo. Deberías acostumbrarte. Es tu sitio. Me incorporé. Despacio. Hasta que estuve frente a él. Tan cerca que podría haberle escupido la cara si quisiera. Pero no lo hice. Lo que hice fue peor. —Y tú te ves mejor cuando crees que estás ganando. Pero la desesperación te marca la cara. ¿No lo notas? Él tensó la mandíbula. Por un instante pensé que iba a empujarme. O a besarme. Y los dos sabíamos que eso sería lo último que podría pasar. Pero no lo hizo. En lugar de eso, se dio la vuelta y lanzó una orden seca a los peones. —Que trabaje con Manuel y Jorge en la cerca del sur. Si no vuelve entera, no la busquen. Lo dijo como quien deja a una presa en medio de lobos. Y yo, como toda buena bestia herida, levanté la cabeza y mostrré los dientes. Esto era solo el comienzo. Y yo pensaba morder primero. La vi alejarse con la cabeza en alto, los hombros rectos y ese paso que no era apresurado ni desafiante. Era peor. Era firme. Convencido. Como si ella fuera dueña del lugar y no una extraña infiltrada en la tierra que me había visto partirme el lomo. Jorge y Manuel la miraban con una mezcla de burla y cautela. No sabían si reír o apartarse. Y yo tampoco. Había algo en esa mujer que jodía el aire. Algo que lo volvía denso, eléctrico. Como si pudiera incendiarlo con una mirada. Me quedé observándola más de lo que debí. No por placer. Por estrategia, por necesidad. Porque necesitaba encontrar la grieta, algún punto débil en ella. Y cada vez que creía haberlo hallado, ella me lo escupía a la cara con otra muestra de su temple podrido. La vi levantar un martillo y caminar hacia la cerca como si hubiera nacido con uno en la mano. Jorge intentó hacerse el gracioso, soltarle un comentario. Ella no respondió. Le bastó una mirada. Una de esas que podrían hacer que un toro se sentara como un perrito amaestrado. Y eso, maldita sea, me encendió la sangre. Porque yo quería verla quebrada. Sucia, temblando, pidiendo clemencia o al menos respiro. Pero no. Sienna era como el mal tiempo: sabías que venía, que te iba a partir la cara, y aún así, no podías evitar mirarla. Volví al granero. Fingí revisar inventario. Pero mi mente seguía en ella. En la forma en que su cabello recogido dejaba expuesta la curva tensa del cuello. En cómo sus manos fuertes clavaban los postes sin dudar. En esa forma sucia, dolorosamente digna, que tenía de resistirlo todo. Me estaba volviendo loco. Y eso me encabronaba. Volví a salir a media mañana. El sol apretaba. Los hombres trabajaban sin quejas. La vi agachada junto a la tierra, el rostro bañado en sudor, las manos negras de polvo y sangre. Alguien le había hecho un corte. Probablemente Manuel, el bastardo siempre dejaba clavos mal puestos. Me acerqué. —¿Ya aprendiste la lección? Ella se limpió el sudor con el antebrazo sin dignarse a mirarme. —Estoy aprendiendo a identificar a los animales peligrosos. Gracias por la clase. La quise alzar del suelo de un tirón. No para lastimarla. Para sacudirle la lengua. Para ver si podía hacerla callar sin besarla. Pero no lo hice. Ella se puso de pie por sí sola. Tan cerca que podía oler su rabia. Una rabia limpia, viva, sin maquillaje. Rabia de mujer que había sido enterrada viva más de una vez. —Eres un capataz mediocre con complejo de dios. Por eso te jode que respire sin pedirte permiso. —Soy el que hace que este lugar funcione. El que mantuvo el rancho cuando tu padre se escondía entre putas y licor. —Entonces deberías tener la decencia de no actuar como un bastardo resentido con su hija bastarda. La palabra golpeó. Bastarda. Maldita lengua afilada. Me reí. No por gracia. Por veneno. Por pura rabia contenida. Estaba a un segundo de hacer algo de lo que no podría volver. —No tienes idea de lo que este rancho ha visto. Lo que yo he tenido que hacer para sostenerlo. Pero lo vas a aprender. Con cada gota de sudor. Con cada grieta en tus manos suaves. —Estas manos ya enterraron a una madre y le cerraron la puerta a un padre que no se atrevió a conocerme. No las subestimes. ¡Joder! Ella no cedía. Ni un paso. Y mientras más resistía, más quería verla doblegada. No porque me diera placer verla caer, sino porque esa posibilidad, ese instante justo antes de quebrarla, era adictivo. —Sigue trabajando, princesa. Cada vez te ves más parecida a lo que odias. A mí. Ella sonrió. Con los labios partidos, el rostro empolvado y los ojos como carbón encendido. —Entonces asegúrate de que no me guste. Porque si empiezo a parecerme a ti... voy a terminar mandando yo. Se dio la vuelta y siguió trabajando. Como si nada. Como si me acabara de enterrar vivo y no le importara dejar la pala a la vista. Y mientras me alejaba, lo supe: Esa mujer iba a ser mi guerra. y yo no estaba seguro de querer ganarla. El sol me pegaba directo en la nuca, pero no me movía. No le daba a nadie el gusto de verme rendida. Mis brazos dolían, la herida en la palma seguía abierta, y el calor apestoso del campo se mezclaba con el sudor en mi espalda. Aun así, seguía clavando tablas en esa cerca como si estuviera construyendo algo más grande que madera y clavos. Estaba construyendo mi lugar. Mi derecho a quedarme. Killian no se había vuelto a acercar. Pero sabía que estaba allí. Podía sentirlo. Su presencia era como una sombra espesa en mi piel. Me observaba. Lo sabía. El tipo podía fingir frialdad, pero su silueta en la distancia delataba el deseo de controlarlo todo. Y yo era un caos que no podía manejar. Jorge terminó antes que yo y se largó sin despedirse. Manuel, en cambio, se quedó apoyado en la cerca, observándome trabajar con una sonrisa idiota. —No está mal para una de ciudad —dijo. —Y tú no estás tan mal para un fracasado sin dientes. Río, pero di un paso hacia atrás. La gente como él siempre sabía cuándo estaba en territorio de leonas. Me puse de pie y sacudí el polvo. El cielo había empezado a nublarse. El viento traía olor a tormenta. Y yo no tenía miedo de mojarme. Caminé hacia la bodega principal sin esperar permiso. Y ahí estaba él. Killian. En la sombra de la puerta, fumando, tenía el cigarro a medio consumir entre los labios y los brazos cruzados como un juicio andante. —Pensé que te habías quebrado. —Su voz era grave, más ronca de lo habitual. Casi sonaba decepcionado. —¿Y perderme tu cara de frustración? Ni loca. Se acercó. Cada paso suyo era un grito de dominio. Se plantó frente a mí y me miró como si pudiera cortarme en dos con los ojos. Pero no dije nada. Ni retrocedí. —No entiendo qué buscas aquí. No tienes idea de lo que este lugar puede hacerle a alguien como tú. —Tal vez no. Pero sí sé lo que yo puedo hacerle a un lugar como este. ¡Y a hombres como tú! Me arrepentí de la frase al instante. No porque fuera mentira. Sino porque lo vi. Ese destello. Esa chispa oscura que se encendió en él. No dijo nada. Solo dio un paso más. Me acorraló contra la pared sin tocarme. El cigarro se consumía entre sus dedos. —Hablas como si pudieras domarme. —No. Hablo como alguien que no te tiene miedo. —Todos deberían tenerlo. —Y sin embargo, aquí estoy. Entera. Mirándote a los ojos. Hubo un silencio pesado. La lluvia empezó a caer, primero como un murmullo, luego como una caída brutal. No nos movimos. —¿Sabes cuál es tu problema, Sienna?— dijo de pronto, con voz baja, casi un susurro venenoso—. No sabes si quieres sobrevivir aquí... o si quieres que te utilice hasta que no quede nada. Me le quedé mirando. Por primera vez, no sabía si lo odiaba o si solo odiaba lo que él sacaba de mí. Esa parte mía que quería empujar su pecho, gritarle... o besarlo con los dientes apretados. —Y tú no sabes si quieres verme caer... o si quieres ver hasta dónde aguanto sin romperme. Su aliento golpeó mi rostro. Tenía olor a humo, a rabia y a tormenta. —Te voy a destruir, Sienna. No por gusto. Por necesidad. —Inténtalo. Pero cuidado. Lo que no se rompe... aprende a matar. Se separó de golpe, como si mi cercanía le quemara. Arrojó el cigarro al suelo y lo pisoteó con rabia. —Máñana estarás en el establo. A cargo de las yeguas. Sola. A ver si sigues tan valiente sin espectadores. Asentí. Me limpié la sangre seca de la palma y le sostuve la mirada una vez más. —Lo que viene no me asusta. Lo que me asustaría... es parecerme a ti. Se quedó quieto. Y en ese instante, vi algo que no esperaba. No era ira. No era deseo. Era duda. Una grieta diminuta. Apenas una sombra. Pero la vi. Y me aferré a ella como se aferra una loba a la idea de que la presa también sangra. La lluvia arreció. Di media vuelta y me interné en el aguacero. Mojada, sucia, con las manos doloridas y el pecho en llamas. Pero no derrotada. Nunca derrotada.






