Herencia Salvaje
Herencia Salvaje
Por: Petit
El testamento

Nunca lo conocí. No tenía una sola fotografía suya. Ni siquiera una jodida anécdota que no apestara a resentimiento. Para mí, mi padre era una palabra vacía. Un nombre al borde del acta de nacimiento, colocado ahí como quien firma una deuda que nunca va a pagar.

«Tu padre fue un error», recuerdo que solía decir mi madre. A veces con rabia. A veces con lástima. Otras tantas, entre dientes, justo antes de apagar el cigarro en el borde de la mesa. «Uno que nunca debí repetir».

Eso era todo lo que sabía. Una sombra. Una ausencia con apellido.

Hasta que llegó la carta.

Estaba en casa cuando golpearon la puerta justo antes del mediodía, cuando el calor se mete por las paredes y las ideas empiezan a derretirse.

Al abrir me topé con un tipo de traje gris, con cara de estatua y voz de ascensor, me miró.

—¿Sienna Merker?

Asentí sin hablar. Tomé el sobre, lo abrí. El corazón no me latía más rápido, pero sí más hondo. Como si supiera que algo estaba a punto de cambiar, aunque no entendiera qué. No todos los días un hombre trajeado tocaba a mi puerta.

El hombre me miró como si acabara de identificarme en una alineación invisible.

—La estábamos buscando —dijo, como si eso tuviera que significar algo para mí.

—¿Quién?

—Su padre.

—Yo no tengo padre —respondí tosca como si hubiera recibido el mayor insulto.

—Murió hace tres semanas.

—Perfecto —respondí indiferente.

—Lo siento —añadió, como si la condolencia maquillara los veinte y tantos años de abandono.

—¿Y por qué importa ahora? —pregunté, sin molestarme en disimular el veneno.

El tipo me tendió una tarjeta.

—Lo comprenderá en la lectura del testamento. Es importante que asista.

—¿Qué, ahora quiere redimirse desde la tumba? ¿Un perdón sellado con firma notarial?

—Le dejó una propiedad. Muy valiosa.

Ahí estaba. El anzuelo. El truco.

—¿Qué clase de propiedad?

—Un rancho. Más de trescientas hectáreas. Tierra, ganado, maquinaria, instalaciones… completo.

Me reí. Solté una risa hueca, seca. Como si me hubieran contado el peor chiste posible.

—¿Y qué tengo que hacer? ¿Llorar por él? ¿Publicar una carta de amor póstuma?

El hombre no pestañeó.

—Debe vivir allí. Seis meses consecutivos. Sin interrupciones. Bajo el mismo techo que Alec Merker, su hijo legítimo, y Killian Rhodes, su socio.

Me quedé en silencio. No por sorpresa, sino por el asco que me trepó por la garganta como una serpiente viva.

—¿Y si me niego?

—Pierde todo derecho sobre la propiedad. Ellos se la quedan.

Me eché hacia atrás, cruzando los brazos.

—Qué generoso. El bastardo me ignora toda la vida y cuando muere… me lanza una trampa desde la tumba.

—Era su voluntad. Lo redactó con claridad.

Claro que lo hizo.

—¿Y qué, piensa que puede comprar mi permanencia con hectáreas y vacas? ¿Cree que por fin va a tener una hija obediente… después de muerto?

No esperé respuesta. fulminé al abogado con la mirada.

—¿Y quién demonios es Killian Rhodes?

—El mejor amigo y mano derecha de su medio hermano. Hombre de confianza. Lleva años manejando el rancho.

—¿Y Alec?

—Su hijo legal. Criado por él. Heredero absoluto en caso de que usted rechace los términos.

Perfecto. Dos hombres. Uno criado como el favorito. El otro criado como la extensión del patriarca. Y ahora yo… la mancha olvidada. El error que vuelve a reclamar lo que nadie quiso que existiera.

Me reí. Esta vez, más fuerte. Más amarga.

—Ese viejo cabrón se está riendo desde la tumba.

El abogado cerró la carpeta con un chasquido seco. Formal. Preciso.

—¿Entonces acepta los términos?

Lo miré. Fuerte, erguida. Como me enseñé a estar desde que aprendí que el mundo no pide permiso para joderte.

—No acepto nada aún. Pero si voy, no será por él. Será por mí.

Porque si voy a meterme en un infierno, quiero asegurarme de que cuando salga, las llamas me deban respeto.

Y si esos dos creen que pueden jugar conmigo… van a aprender que no se domestica a lo que nunca se crió para obedecer.

Podría haber dicho que no. Podría haber ignorado el llamado. Pero algo en esa cláusula podía conmigo. No por el dinero. No por la tierra. Por el veneno. El mismo veneno que mi madre tenía en la boca cuando hablaba de él. El mismo que debía correr por mis venas.

Así que acepté. No porque quisiera un rancho, sino porque quería respuestas. Y si para eso tenía que meterme en el infierno, lo haría con los tacones bien puestos.

—¿Él te lo dejó todo? —preguntó Julie, mi mejor amiga, cuando le conté los detalles.

—Supongo que no todo, pero sí una buena parte. Con condiciones. Como buen patriarca manipulador el hijo de perra.

Ella me miró en silencio durante varios segundos. Luego asintió.

—Vas a hacerlo. No sé si eres valiente o estás rota.

—Las dos cosas, supongo.

No sabía con certeza lo que me esperaba. Pero algo en esa absurda propuesta me llamaba, como un juego sádico en el que alguien quería verme fallar. Y yo... yo tenía una maldita necesidad de demostrar que no me rompía fácil.

Pasé días repasando cada palabra del testamento. Intentando entender por qué un hombre que me había ignorado toda la vida decidía de pronto ponerme a prueba desde su tumba. Era cruel. Retorcido. Como si buscara castigarme por existir. Y, sin embargo, algo dentro de mí lo entendía. Él quería saber si yo era digna. Digna de su sangre, de su legado... o de su desprecio eterno.

Lo que no sabía ese cabrón es que yo también tenía cosas que demostrar. A él. Al mundo. A mí misma.

Días después, un coche negro me dejó frente a un portón oxidado. El cartel decía "Rancho Merker", pero las letras estaban carcomidas por el tiempo. El polvo se levantaba con cada paso que daba. Mientras avanzo hacia la casa lucho con la maleta, mi tacón se hunde en la tierra agrietada del camino.

—¡Qué maldito lugar es este! —escupo en voz baja mientras rodeo un charco espeso de barro que parece observarme con malicia.

Llevo botas, sí, pero no de las que se usan aquí. No de las que pisan m****a de caballo y no se inmutan. Las mías son de ciudad, como yo, como mis uñas perfectamente limadas y mis labios pintados con un rojo que contrasta demasiado con el paisaje.

Al fondo, el rancho se alza como una sentencia. Madera vieja, herrumbre en los cercos, un molino girando con desgano bajo el cielo azul. Hay algo en este lugar que huele a historia no contada, a rencor arrastrado por generaciones.

Y allí, apoyado contra una verja, con las mangas arremangadas y un sombrero que le ocultaba la mirada, estaba él.

Killian Rhodes.

Mi primer pensamiento fue simple: maldita sea.

Era grande. Insoportablemente atractivo. Tenía la postura de quien ha vivido más de lo que debería, de quien sabe imponer respeto sin hablar. Sus brazos se veían marcados y la barba de tres días no ayudaban. Tampoco sus ojos, que cuando se alzaron para verme, me desnudaron sin tocarme. No de una forma amable. Sino como si quisiera ver hasta el hueso.

—Así que tú eres la bastarda.

No fue una pregunta. Fue una declaración.

—Y tú debes ser el vigilante de la tumba.

Sonrió. Un gesto apenas curvado, cruel, como si acabara de confirmar algo que ya intuía: que yo no era fácil de empujar.

—Pensé que vendrías en tacones —dice con voz grave, rasposa, como si el desierto le hubiera secado las cuerdas vocales.

—Pensé que estarías ocupado montando algo. Vacas, ovejas… o tu propio ego.

Me miró fijamente y luego me escaneó completa.

—No durarás ni una semana.

—Prepárate para seis meses de infierno, entonces.

Nos quedamos mirándonos, como dos fieras midiéndose. Y aunque su mirada era un fuego lento que quemaba sin llamarada, la mía fue hielo. Yo no vine a rogar. Ni a agradar. Vine a cobrar lo que me negaron. Vine a convertir ese maldito testamento en mi venganza personal.

Porque si ese hombre quería que yo padeciera para ganarme su legado, iba a dárselo.

Pero también iba a ganar.

Incluso si tenía que destruir a Killian en el proceso.

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