El sol me castigaba sin piedad. El calor era tan insoportable que sentía la tierra bajo mis botas como si fuera una plancha al rojo vivo. Pero no me importaba. No podía permitirme pensar en eso ahora. El animal frente a mí, con su pelaje oscuro y los ojos brillando con rabia, exigía toda mi atención. Sabía que si no dominaba a ese caballo hoy, la humillación sería aún más dolorosa.
El maldito corcel retorcía su cuerpo, lanzando al aire sus patas traseras con fuerza, como si deseara que el mundo