La palabra bastarda retumbó en mis oídos con la fuerza de un latigazo. Sentí que toda la sangre se me agolpaba en el rostro y un temblor de rabia incontenible me sacudió desde las botas hasta la trenza. Los murmullos de los peones se extinguieron, dejando el patio sumido en un silencio sepulcral, donde cada par de ojos estaba clavado en mí, esperando ver cómo me desmoronaba ante la humillación pública. Sin embargo, la humillación se transformó de inmediato en una furia pasional que me devolvió