La humillación de la noche anterior todavía me quemaba la garganta cuando el sol del amanecer comenzó a teñir de naranja los techos de las caballerizas. Prácticamente no había dormido; había pasado las horas en vela dentro de mi habitación. Finalmente decidí cambiarme el vestido por mi ropa de faena habitual: unos vaqueros ajustados oscuros, una camisa de lino gris con los botones cerrados hasta el cuello y mis botas de montar de cuero negro. Necesitaba recuperar el control de mi vida, y la úni