No me hacía falta ver sus rostros para saber que hablaban de mí. Lo sentía en el ambiente, en la forma en que las voces se apagaban apenas yo cruzaba el umbral del establo, en las miradas cortantes y disimuladas de los peones. Algunos ni se molestaban en fingir. Sus risas eran burdas, como si me desnudaran con la lengua. Yo no era tonta. Sabía de dónde venía todo eso.
De Alec.
Él, con esa sonrisa podrida que arrastra desde que lo conocí, había empezado una campaña silenciosa, sucia, para aplast