El aire en la casa estaba denso, saturado de una tensión palpable. Fuera, la tormenta rugía, deshaciéndose en un mar de relámpagos y truenos, pero nada se comparaba con lo que yo sentía por dentro. Nada. La furia que hervía bajo mi piel no era solo por la tormenta; era por la rabia acumulada, por la frustración que me quemaba desde el mismo instante en que su rostro, esa maldita expresión controlada de Killian, se cruzó en mi vida. Y ahora, él seguía allí, rondando no solo en mi mente como una