El cielo rugía como una bestia herida, y cada relámpago que desgarraba las nubes parecía arrancarle al infierno una carcajada. Me había acostumbrado al olor de la tierra mojada, al barro pegado en las botas y a la lluvia empapándome el sombrero, pero esa tarde algo era distinto. Algo no encajaba. El silencio entre trueno y trueno tenía un peso que no venía del cielo.
La vi desde el risco. Allí abajo, en el lago, como si la tormenta no fuera más que una brisa de verano. Su ropa yacía en la orill