Heider
Habían pasado horas desde que Orión y los demás partieron para ayudar a la aldea que había sido atacada. La espera se sentía interminable, y cada minuto que pasaba la ansiedad aumentaba en mí ya inquieto corazón. Estaba sola, sentada en el frío y duro suelo cerca de la puerta del búnker, abrazando mis rodillas contra mi pecho, tratando de encontrar un poco de calor en el aire helado de la noche.
La soledad de la espera era abrumadora. El silencio del búnker, roto ocasionalmente por el so