Octavia
Estaba recostada en la cama, las sábanas suaves bajo mi piel, con Orión a un lado. La luz del atardecer se filtraba perezosamente a través de las cortinas, bañándonos en un resplandor dorado. Aun no podía creer lo afortunada que era por tenerlo conmigo, su presencia era un bálsamo para mi alma agitada.
—Eres hermosa, mi amor —murmuró él, su voz un susurro tierno que acariciaba mi oído. Dejó un beso delicado en mi hombro, enviando un estremecimiento por mi cuerpo. —Te he extrañado mucho.