De vuelta al silencio del condominio Fenglin, Isabela miraba fijamente la pantalla de la computadora. Los minutos se arrastraban y la concentración era una meta inalcanzable. Sus pensamientos, como un disco rayado, volvían siempre al mismo punto: la voz de Nina pronunciando "Tía Catarina".
El brillo del celular interrumpió la penumbra de la habitación. Era Johan: "Acabo de salir de trabajar. Apenas vi tu mensaje".
Con los dedos titubeantes y el corazón acelerado, ella escribió: "Johan, ¿puedo p