Samia no supo qué responder. Quiso consolarlo, aunque le pareció extraño que él, teniendo ahora todo, dijera haber sido tan pobre como ella. Killian se recostó en el sofá y la miró con seriedad:
—Lo que tú estás viviendo… yo también lo viví.
Samia sintió el pecho oprimido.
—Pero al menos tú tenías una familia —respondió ella con suavidad—. Una madre maravillosa desde que naciste.
Killian la miró entonces a los ojos. Su mirada era profunda, oscura y extrañamente tierna, como si pudiera ver hasta