Tras recorrer cinco habitaciones de huéspedes todas idénticas, Killian logró por fin convencer a Samia de que se quedaran en la suya.
—Tú duermes en la cama. Yo dormiré en el sofá.
El sofá medía dos metros: espacio más que suficiente para que un adulto descansara cómodamente.
Samia no dijo ni sí ni no. Simplemente frunció los labios y se quedó mirándolo fijamente.
Killian se sintió ligeramente incómodo bajo aquella mirada:
—¿Pasa algo?
—¡Claro que pasa algo! —Samia se estremeció al recordar lo