El matrimonio de Killian y Samia
El jardín de la villa estaba irreconocible. Isabela había pasado tres semanas supervisando cada detalle: las flores blancas y doradas entrelazadas en los arcos, las mesas cubiertas de lino color crema y las luces suspendidas que, al caer la noche, transformarían aquel lugar en una constelación privada.
Maison había observado todo en silencio, sonriendo de aquella manera a la que ella todavía no había aprendido a resistirse, y solo había dicho:
—Quedó perfecto. I