A la mañana siguiente, sábado, cuando Killian llegó a su despacho, encontró un objeto sobre su mesa. Parecía un juguete, aunque no del todo. Extendió la mano y lo apretó. Era suave.
—Samia.
La joven que traía el café acababa de abrir la puerta al escuchar su voz.
—¡Aquí estoy! —respondió ella, acercándose rápidamente y dejando con cuidado la taza de cerámica sobre la mesa—. Señor Killian, ¿qué me ordena?
Killian frunció levemente el ceño. Desde que era su asistente, jamás lo había llamado de fo