Raúl se había lanzado directo a la cocina, ni siquiera se tomó un segundo para observar la casa o las muchachas que lo miraban con curiosidad y miedo. Abrió la nevera y tomó lo primero que encontró, se sentó en la mesa de madera y comenzó a devorar todo lo que había llevado.
—Primero vamos por mi hija —nos dijo a Jefferson y a mí que lo mirábamos desde la puerta —la ponemos a salvo en esta casa llena de sirenas golpeadoras y luego veremos qué hacer con Jábico —asentí con la cabeza y me senté en