Tiempo después me di cuenta que esa noche la sirena entró por la escotilla del internado que se dirigía hacia el mar y caminó por los pacillos solitarios.
El internado era grande, tenía decenas de habitaciones a los lados de un inmenso y ancho pacillo. Cada habitación tenía unos dos camarotes, para cuatro chicas, aunque en la realidad había tan pocas sirenas que ocupaban la mitad del espacio. El pacillo finalizaba en una bifurcación, al lado derecho estaba la cocina y la oficina principal, del