Tan concentrado en sus labores estaba Magnus que no oyó que llamaban a la puerta. Preocupada, Irene entró al despacho y lo vio en el escritorio. Sobresaltado, Magnus se quitó los audífonos y bajó la tapa del notebook rápidamente.
—No quise interrumpir tu trabajo, te traje un café —dijo la mujer.
Se lo dejó en el escritorio y permaneció allí.
—Quiero que hablemos de Bea, Magnus. Ella me contó sobre ustedes.
—Cierto. Creo que debí ser yo quien te lo dijera. —Le indicó que se sentara—. Bea me gust