—No fue un infarto —confirmó el médico del pueblo, que había ido a la casona con premura tras la llamada de Bea.
—¡Pero me moría! —aseguró Magnus, convaleciente en la cama.
Seguía estando más allá que acá.
—Fue una crisis de pánico, nada más. Te recetaré algo que te ayudará de momento, pero sería bueno que visitaras a un especialista. —Le extendió la orden para una interconsulta psiquiátrica.
Magnus, con la mano nuevamente enguantada, recibió la orden. En cuanto el médico dejó la habitación, la