—Ya son las diez, apaga la luz.
Bea obedeció las palabras de Magnus desde el sofá cama que le había conseguido al otro extremo de la habitación. Incluso el hombre había instalado un biombo en el medio, para no tener que verla.
Bea cerró los ojos. No estaba acostumbrada a dormirse tan temprano, mucho menos con tantas ideas en su cabeza y la sensación de los labios de Ale todavía sobre los suyos. Vaya beso le había dado, jamás la habían besado con tanta pasión y maestría. El hombre era un experto