Ale se removió en la cama. Estiró el brazo para alcanzar su teléfono.
—¡No puede ser! Son las ocho y media. Le dije a Bea que iría por ella a las seis.
—Dile que estuviste haciendo mucho ejercicio y que te quedaste dormido —sugirió Lucía—. Es la verdad después de todo.
Ale la llamó. Bea no contestó.
—Tal vez se enfadó. Ya es tarde, mañana intentaré hablar con ella. —Se acomodó junto a Lucía para seguir durmiendo.
—Intenta dándole chocolates y de paso compras unos para mí también.
—Eso haré