Bea jamás se consideró una mujer cobarde. En las giras con su padre a veces aparcaban la casa rodante en descampados donde no había un alma, donde la oscuridad no la dejaba ver nada alrededor y los ruidos de la noche entonaban una escalofriante sinfonía a la que ni caso le hacía.
Ahora, ya adulta y hasta casada, nada había cambiado. Ella era muy valiente.
—¡¿Qué fue ese ruido?! —preguntó, aferrando las sábanas.
—El piso es de madera y las tablas crujen —dijo Magnus.
—¿Por qué crujen si nadie la