Armada con un atizador, Bea fue al segundo piso. Seguía sin oler nada.
Magnus subió la escalera tras ella. Se apoyó en el muro, al inicio del pasillo, que empezó a deformarse. Se alargaba y serpenteaba, la puerta del final se volvía inalcanzable. Los muros ondeaban como si fueran de gelatina y alguien los sacudiera.
Apretó los ojos. Al volver a mirar, la deformación espacial seguía allí, era una pesadilla estando despierto.
—En tu habitación no hay nada.
Bea entró a otra. Hasta su voz le llegab