Capítulo 3

Leyna

Yo sé que el mundo no es fácil, al menos no conmigo.  Al igual que mi suerte, mi desesperación por gritar a los cuatro vientos lo que llevo dentro de mí, gritar que estaba enamorada de un hombre catorce años mayor que yo, que esa persona es el mejor amigo de mi hermano y os juro que ese grito es como el aire que necesito para respirar.

No estaba dispuesta a perder esta oportunidad, le iba a decir de todas las formas que con él lo quiero todo. Que a mi corta edad no deseo a nadie más que a él y que me llame loca, que me diga que solo es un capricho, me da igual, solo necesito decírselo y que sepa que desde hace tiempo mi corazón late por y para él.

—¿Entiendes lo que quiero decirte? — vuelvo a hablar al ver que no decía nada—. No seas para mí solo el amigo de mi hermano.

Alza sus hermosos ojos y se me pone la piel de gallina—. No eres solo la hermana de mi amigo, también eres mi amiga, ¿no?

Quería deshacerse de mis palabras, no quería ver el sentido de estas y no seré tan tonta de asustarlo el primer día que vamos a vivir juntos o al menos lo intentaré.

—No sé, eso creo, ¿no?

Este me sonríe levemente y asiente— eres mi amiga y una gran chica.

Ya, claro. Eso lo que soy una gran chica— digo a mis adentros.

Rompo esa tensión y este sigue conduciendo hasta su casa. Mientras tanto miro por la ventana y las calles de esta hermosa ciudad pasan ante mis ojos.

Me daba un poco de grima verme lejos de él, miedo por perder lo que nunca fue mío.

Al llegar a su casa mis ojos bailaron de un lado a otro, observando la amplitud de este lugar, después de tanto tiempo jamás había ido a su casa. Es más, él estaba más en la nuestra que nosotros, en la suya. Los cuadros que me encontraba de arte colgado sobre las blancas paredes y las alfombras jugaban a unas exquisitas tonalidades con los muebles.

Curioseé sin filtros y este se me queda mirando apoyado en el umbral de una de la puerta que había en esa estancia.

—¿Te gusta? — su voz despertó ese escalofrío en mi piel.

—Ajá...

—Ven, te enseño tu habitación— me indica y me acerco a él, este se aparta del marco de aquella puerta que sujetaba su cuerpo y la abre.

—Espero que estés cómoda en ella— menciona y pasé por su lado rozando sin querer su mano derecha.

No pude evitar ese tacto con su cálida piel que me desequilibró el poco control que estaba teniendo. Sin alas puedo volar hasta el cielo. Sin alas puedo llegar hasta el firmamento con tan solo sentir su tacto.

—Gracias, Mario. Es perfecta.

Lo miré y este clavó su mirada sublime sobre mis labios. Mis piernas estaban a punto de dejarme caer al suelo cuando me di cuenta de que sus ojos no reaccionaba ni se movían, sino que permanecieron sobre mi boca por unos largos segundos.

No sigas, no lo hagas— me dije a mí misma, ya que no sé cómo ese calor extraño empezó a subirme desde los dedos de los pies hasta el centro de mi deseo.

A veces pienso que lo único que me hace falta es lo que él me puede dar. Su amor.

— Iré a preparar algo para comer— añade sin romper su mirada.

—¿Necesitas ayuda?

Finalmente, sube su mirada hacia la mía y este sonríe asintiendo.

Dejé mis cosas sobre la cama y al rato lo busqué él la cocina. Estaba lavando unas patatas cuando mi voz lo alarmó.

—¡Huele bien! —dije.

—Estoy sofriendo la cebolla— explica y después se acerca a mí, disminuyó la distancia y aún palmo de su rostro, inclina su cuerpo muy cerca de mi cuello, extiende la mano y agarra un paño.

—Pelas las patatas mientras añado el pollo a la cebolla.

Temblando hice un ligero movimiento con la cabeza.

— Mario, creo que deberías saber...— me interrumpe.

—Te estoy preparando la comida favorita de mi hermana. Ella le gustaba el pollo sofrito con cebolla y crema de nata.

Cierto es que Volker me contó sobre la hermana de Mario y lo que había hecho, ya que pregunté por él cuando estuve semanas sin verlo porque estaba en España junto a su familia y a su hermano Abel, que luchaba por su vida.

—¿Cómo está ella?

—Tiene días buenos, y otros no tan buenos. Hay días que desea hablar conmigo y la dejan llamar y otros que ni quiere recibir visitas de mi madre.

—Fue duro lo que has pasado. De hecho, aún no me creo que haya pasado lo que me contó Volker, murió un hombre que no tiene culpa de nada y no sé... ¿El amor es tan bonito que se puede llegar a morir por este sentimiento tan bello?

No dice nada.

—¿Sabes? Yo moriría por amor, porque, no.

—No digas tonterías, Leyna. Eres muy joven para enamorarte y para querer morir por amor.

—El amor no tiene edad, Mario.

—El amor debe tener reglas y no darlo todo sin más.

Entendí que sus palabras tenían doble significado, pues claro que lo tenía, porque se hizo el silencio de una manera tan singular que pude oír lo que él no quiere que escuche.

—Te estás equivocando, el amor es ...— me vuelve a interrumpir.

—El amor es una m****a, fin de la conversación— atisbó con un cambio de expresión en su rostro.

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