Mundo ficciónIniciar sesiónNo sé quién lo dejó entrar, pero sé que tendré que despedirlo. Mi asistente apaga el monitor a toda velocidad mientras yo solo me cruzo de brazos y analizo con seriedad su descarada expresión mientras entra a mi oficina sin anunciarse.
En el trayecto en el que él saluda y se acerca a mí, intento pensar en posibilidades, motivos que hagan sentido en mi cabeza de por qué, justamente Cristian Smith, está en mi oficina en este momento.
¿Negocios? Qué clase de negocios creerá manejar conmigo sin cita previa. ¿Visita social? Creo que le he dejado bastante en claro que su existencia ya es un problema para mí; él sabe que lo detesto, pero quizás sea justo ese el motivo por el que está aquí. Quizás quiera hacer mi vida un poco más miserable hoy, aunque quizás solo haya venido a darme el pésame, lo cual sería raro ya que él sabe mejor que nadie cómo era mi relación con mi padre.
—¿Qué haces aquí, Cristian? —pregunto sin darle tiempo a nada.
Apenas mi asistente salió, él tomó asiento frente a mí. De alguna manera me gusta esto: yo en la silla grande, en mi elegante escritorio, y él frente a mí, como un súbdito en una audiencia con su reina.
—Buenos días para ti también, Zamira.
—¿Qué traes ahí? —pregunto apenas veo un fólder con documentos en sus manos.
Parece que hice la pregunta correcta porque él sonríe con satisfacción.
—Me alegra que preguntes. Aquí te traigo una propuesta de negocios —me pasa los documentos y yo los recibo con recelo.
"Nada que tenga que ver con él me da confianza".
—Necesito que lo leas y me digas qué piensas; creo que puede convenirnos a los dos —agrega muy seguro.
Abro los documentos y ya el título llama mi atención: "Contrato de matrimonio". Leo un montón de cláusulas, bastante parecidas a lo que necesito: un periodo de matrimonio, un contrato de confidencialidad y un montón de reglas y palabras que ya no necesito seguir leyendo porque ya entendí perfectamente bien de qué se trata.
—¿Me estás espiando, Cristian?
Él junta las cejas.
—¿Tengo cara de tener tanto interés en tu vida?
—Entonces, ¿cómo sabes que necesito casarme?
Vuelve a sonreír; esa sonrisa de confianza y seguridad que tanto me molesta.
—Vivimos en la misma ciudad, estudiamos juntos y tenemos los mismos amigos. Es imposible no enterarme de cosas.
Asiento; sin embargo, nada tiene sentido.
—Necesito que me aclares por qué me das esto —lanzo los documentos a su lado del escritorio.
—No me parece difícil de entender. Necesito que te cases conmigo, por supuesto.
El silencio entre nosotros duró apenas unos segundos, lo suficiente para que sus palabras pasaran por mis oídos y fueran procesadas en mi cerebro. Y entonces me reí, tan fuerte que él cerró los ojos con disgusto. Reí hasta que mi estómago comenzó a doler y mis ojos se aguaron.
—De todos tus chistes, este ha sido el mejor. Sí que estás mejorando.
—Hablo muy en serio, Zamira.
No pude evitar volver a reír, esta vez más fuerte. Él luce enojado, pero pregúntenme si me importa.
—¿Y como por qué yo me casaría contigo?
—Debido a que...
—No, no, cállate. Tengo una pregunta mejor —la vena en su frente comienza a sobresalir, pero nuevamente no me importa—. ¿No estás a punto de casarte?
Su rostro enojado se disipó por uno de vergüenza que intenta disimular sin éxito, y no necesita decir nada para saber la respuesta. Así que vuelvo a reír.
—¿No me digas que te dejaron plantado? ¿Te botaron semanas antes de la boda?
Él aprieta sus labios y afirma ligeramente con la cabeza, como si dar una afirmación más firme pudiera hacer que su vergüenza sea mayor. Así que vuelvo a reír y veo su cara tornarse roja. Sus pecas destacan aún más bajo el tono rojo de su piel. Mi risa comienza a disiparse ya que me trae un recuerdo que prefiero olvidar, de la época en que vi esa expresión por primera vez...
En esa época, quedé encantada por su sonrisa. Así que apenas supe que estaba en el club de lectura, me uní, a pesar de que los libros nunca fueron lo mío. Él era el líder. Me recibió a mí y a otras chicas, que seguro estaban allí con la misma doble intención. Con una sonrisa nos guio ese día y me di cuenta de su naturaleza amable. Siempre me gustaba ir después de clases al club; al atardecer él siempre estaba en la ventana. Me encantaba sentarme y fingir leer, pero todo lo que hacía durante horas era solo ver su rostro. Su pelo oscuro era ondeado por el viento y sus ojos azules parecían dos perlas iluminadas por el naranja del atardecer. Amaba ver sus pecas; solía contarlas e imaginar constelaciones en su rostro. En esa época su rostro era más juvenil y no tan marcado y masculino como ahora.
Ese día lo vi allí, me armé de valor y me le acerqué.
—¿Qué lees? —mis manos y piernas, más bien todo mi cuerpo, temblaba, y cuando sus ojos se conectaron con los míos, me paralicé.
—El Señor de los Anillos.
—¿No es eso una película?
Él rió.
—Los libros son mejores —se acomodó para ver a mi lado el campus. El libro seguía en sus manos, pero su mirada estaba puesta en mí.
—No puedo leer libros tan gruesos, creo que tengo falta de atención.
Sus ojos se abrieron y se rió. En ese momento, el libro se le zafó de las manos y con miedo ambos lo vimos caer. Él no pudo alcanzarlo a tiempo y cayó sobre la cabeza de uno de los maestros. Él tomó mi mano y me jaló hacia el suelo, escondiéndonos antes de que el maestro se diera cuenta.
Yo me reí y él se acercó, colocó su dedo índice en mi boca y me susurró con esa dulce voz que él tenía que hiciera silencio. Allí lo vi por primera vez: sus hermosas pecas teñirse de rojo. El color se extendía por todas sus mejillas hasta sus orejas y me enamoró de una manera que aún hoy no tengo palabras para explicar. No puedo describir lo fuerte que me latió el corazón al tenerlo tan cerca, al ver esa nueva faceta que era desconocida para mí. Era como si algo hubiera explotado en mi interior y estuviera tratando de matarme, pero el amor me mantenía viva.
Hasta que ya no.







