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Siempre fantaseé con la idea de mi padre muriendo; cada vez que me hacía sentir insuficiente, cada vez que me forzaba a vivir como él quería, cuando se casó con la zorra a la que me forzó a llamar mamá, cuando amó más a la hija de esa mujer que a su propia hija… imaginaba cosas extravagantes, así como la vida que él tuvo: cayendo de un avión, un rayo cayendo sobre él. Una vez de niña soñé que un tornado venía y se lo llevaba durante una tormenta, aunque al final algo tan sencillo como un ataque repentino fue lo que se lo llevó.
Mi imaginación siempre fue excelente, pero lo que jamás pude imaginar durante todas esas incontables muertes fue cómo me sentiría cuando realmente muriera.
—Porque este sentimiento es una m****a total, y la vida no mejoró automáticamente sin él, lo cual apesta.—
Los estirados invitados del funeral me miran sin saber qué decir. Yo los observo esperando los aplausos y, al ver a mi madrastra menear la cabeza, me doy cuenta de que quizás fui demasiado honesta. Quizás cuando me dijeron que dijera unas palabras hablaban de un adiós vacío e hipócrita. De todas formas, a eso vinieron.
—Salud por mi padre, el mejor empresario que conocí.—
Sonrío falsamente y ellos levantan sus copas en un brindis.
Aunque la parte interesante de este funeral no es el brindis ni las despedidas hipócritas de un hombre que nadie en esta sala podría decir que extrañará.
Lo que importa, y el gran evento de esta noche, es la tan esperada lectura del testamento. Mi madrastra, una mujer elegante de pelo castaño con algunas canas que siempre pinta pero vuelven a salir, entra con ese vestido negro que hace que mas que para un funeral parezca que va a una gala. A ella la acompaña mi hermanastra, con su pelo castaño y corto, vestida justamente como la situación lo amerita. Ella llora, lloró durante el funeral, mostró a las cámaras de la prensa aquellas lágrimas que la hija legítima se negó, pero es que mi querida hermana es una reina de la hipocresía. Detrás de ella, como un guardaespaldas, está Bruno, el esposo de mi hermanita Nicol y la piedra más grande que tengo en el zapato.
Él trabaja conmigo en la empresa de mi padre; se volvió la mano derecha de él con el único propósito de quitarme lo que es mío.
Termino mi cuarta copa de vino mientras los veo entrar. Lleno mi copa mientras el aroma a ambición que emanan llega a mí, causando que mi estómago se revuelva.
Mi madrastra sacude su anillo justo cuando el abogado va a hablar, y yo solo bebo más de mi vino.
—Ante todo, lamento su pérdida —dice con cortesía.
Mi cuñado acaricia el hombro de Nicol, quien llora en silencio. Pongo cara de asco y justo ahí él me mira. Elevo la copa y le sonrío. Él solo baja la mirada con esa cara de decepción que no sé quién m****a le dio derecho a tener.
—Aquí están los documentos; por ahora solo haré un breve resumen de lo que el señor Del Castillo dejó como última voluntad.—
—Sí, por favor, no tenemos todo el día —digo, acomodándome en esta enorme silla que parece estar tragándome.
El abogado me mira de arriba abajo y vuelve a poner su atención en los documentos frente a él.
—Las propiedades dentro y fuera del país serán divididas de la siguiente forma: la mitad de ellas serán para su esposa, la señora Del Castillo.—
Casi puedo ver una sonrisa en ella. Claro que la dejaría con la mayoría, si ese hombre murió estando bajo el control de esa mujer.
—El resto de propiedades se dividirá entre sus hijas.—
Me río para mí, pero parece que no fue tan sutil como quería, ya que todos voltearon a verme.
M****a.
—No es nada, es que él dijo hijas y mi padre solo tuvo una hija —sé que debo estar cayendo mal ahora, pero juro que es el alcohol… lo que me hace decir la verdad.
—Él fue como un padre para mí y me adoptó como su hija —se defiende Nicol, claramente afectada.
—¿No está tu papá todavía con vida? Ah, sí, él no tiene dinero, por eso prefieres al mío.
—¡Zamira!— me grita mi madrastra, y justo en ese momento el estirado de Bruno interviene.
—Estás borracha, y por eso no te das cuenta de que no es momento ni el lugar para tus dramas y tus celos.
Estaba a punto de responder y mandarlos a todos al demonio, pero el abogado tosió para que volvamos a prestarle atención, así que me callo, ya que sinceramente pueden quedarse con todas las propiedades; a mí lo que realmente me importa es otra cosa.
—Los autos y dinero serán repartidos de la misma forma, y para la empresa y sus subsidiarias…
Él nos mira y se detiene en mí por más tiempo de lo normal, lo que me causa un mal presentimiento.
—La señorita Zamira, quien ya ejerce como vicepresidenta, será la única heredera de las empresas…
Sí, maldita sea, sí. Después de años trabajando bajo las órdenes de mi padre, después de tanto tiempo sintiendo que personas ajenas tenían todo lo que él siempre me negó, aunque sea después de muerto por fin me da mi lugar. Por fin soy recompensada y finalmente puedo ver esa expresión de incomodidad y decepción en la cara de esos intrusos.
Finalmente gano yo.
—Aunque solo podrá heredar las empresas una vez esté casada, y para mantenerlas debe estar casada. Hasta que ese requisito se cumpla, Bruno Delgado ocupará mi lugar como presidente del grupo Del Castillo.
Ese viejo de m****a.
Podría decirse que ese fue el comienzo, el principio de mi fin, si me hubieran dicho en ese momento que estaría aquí…
Con un vestido de novia, en una boda que no era mía, caminando hacia el altar al ritmo de una música que yo no elegí, mientras él… el hombre que detesto en esta vida… mientras el hijo de perra de Sebastián Smith me espera en su traje negro con su falsa sonrisa, la cual aprendí de la peor manera en no confiar.
Mi vida cambió en solo un mes; pasé de ser una soltera empedernida a casarme con mi peor enemigo.
¿Cómo fue que terminé así?







