Mundo de ficçãoIniciar sessãoÉl me mira claramente irritado; se nota que no le agrado y que no disfruta de mis burlas.
En esa época, hace tantos años, su mirada solía ser tan dulce, pero ahora es todo lo contrario; o quizás siempre fue la misma y solo yo me hice ilusiones falsas.
—Esto no es un chiste, Zamira. Sabes que necesito casarme, la vida nos puso en situaciones parecidas.
Odio que me ponga en el mismo saco que él. Detesto cómo vino aquí pensando que hay una mínima posibilidad de que yo me trague mi orgullo y acceda a casarme con quien casi destruye mi vida; detesto cómo para él ni siquiera sea para tanto... Quizás por eso durante todos estos años a él nunca le ha importado. Me saluda con descaro y finge que solo somos excompañeros de universidad.
—No creo estar en la misma situación que tú —digo con seriedad.
Él junta las cejas y suspira antes de hablar.
—Sé que nuestra relación no es la mejor, y sé que soy la última persona en el mundo con la que quieres casarte, pero también soy la única persona que puede hacer esto. También necesito una esposa poderosa para asegurar mi posición, sabes cómo es mi familia, y tú necesitas un esposo para asegurar la tuya —dice con fervor, como si de un gran negocio se tratara—. Nos conocemos hace años aunque nuestra relación no sea la mejor; una unión entre tú y yo haría nuestras empresas más poderosas, podríamos...
Tomé mi taza con café frío y, antes de que termine de hablar, lo lancé sobre su cara. La sorpresa lo dejó mudo por un segundo. Justo lo que necesitaba, ya que no puedo soportar su descaro: venir aquí y tratar de convencerme de confiar en él otra vez, como si fuera una idiota.
—Prefiero perderlo todo antes que hacer algún negocio contigo.
—¿Realmente actuarás así?
—Sí. Odio a Bruno, pero a ti... tú eres la persona que más detesto. ¡No puedo creer cómo puedes venir aquí y hablar todas estas estupideces!
Él ríe para sí mismo, como si no pudiera creer lo que está pasando. Se levanta y el líquido que estaba sobre él cae al suelo. Mis manos tiemblan por la rabia y mis ojos se humedecen sin que pueda evitarlo. Él me mira fijamente y yo me mantengo firme, sin mostrar debilidad; una escena que jamás dejaré que él vuelva a ver.
—Sigues atrapada en el pasado, Zamira.
—Si confío en ti una vez y me fallas, entonces eres un desgraciado; si lo hago dos veces, entonces la culpa es mía. Ahora lárgate de mi oficina y no me dejes ver tu rostro otra vez.
Veo cómo él aprieta los documentos en sus manos, suspira y se marcha sin decir nada. Apenas se va, siento cómo mis piernas se debilitan. Después de tantos años no debería afectarme; ahora lo que siento por él no es más que desprecio. Sin embargo, ¿por qué? ¿Por qué siento que tengo una herida que nunca deja de sanar? ¿Por qué cada vez que lo veo siento que vuelve a abrirse y comienzo a desangrarme nuevamente?
Cubro mi rostro con mis manos intentando recobrar la compostura. Siento una necesidad injustificada de llorar, pero me juré a mí misma que ninguna lágrima que derrame en el resto de mi vida iba a llevar su nombre otra vez. En ese momento, justo entra mi asistente con la peor noticia que podría recibir ahora.
—Su cuñado Bruno está con los ejecutivos en la sala de juntas. Solicitan su presencia.
Justo lo que no necesitaba.
Me aseguro de que mi mirada no muestre ningún signo de debilidad, que mi pelo esté en perfecto orden y me dirijo a la sala de juntas. Apenas entro, la escena es sencillamente repugnante: Bruno está con los ejecutivos abriendo champán y celebrando.
—El cadáver de mi padre aún no se enfría y ya están de fiesta —pronuncio mientras me siento con elegancia.
Ellos lucen incómodos; siempre lucen así en mi presencia.
—No seas así, cuñada. A tu padre le hubiera gustado que celebremos mi ascenso —dice tratando de recuperar el buen humor de la sala.
—Qué gracioso. Hablas como si fueras el presidente. Recuerda que no eres más que un suplente, un simple relevo en lo que yo tomo el lugar que me corresponde en la presidencia.
La sonrisa desapareció de sus ojos, sin embargo, no de sus labios.
—Lo sé. En lo que conoces a un buen hombre y te casas, yo cuidaré de la empresa.
Le sonrío falsamente y, con solo una mirada, hago que el resto de estirados hombres tomen asiento.
—Mi primera orden será cambiar el proyecto de la petrolera; creo que el gerente general podrá hacerse cargo.
¿Qué demonios?
—¡Ese es mi proyecto, llevo trabajando en él por meses! —digo sin poder creer lo que acabo de escuchar.
Echo un vistazo al subgerente; él luce incómodo, mas no sorprendido. Esto ya estaba planeado.
—Lo sé y has hecho un gran trabajo hasta ahora, pero tu padre acaba de morir y tu humor no ha sido el mejor. Ya sabes cómo son ustedes las mujeres; prefiero dárselo a alguien con más cabeza fría. Millones están en juego.
Este imbécil está jugando con mi paciencia.
—No puedes quitarme mi proyecto, Bruno —me levanté y grité.
Él alzó la mirada con superioridad, disfrutando cada segundo de mi rabia.
—Soy el presidente de la empresa, temporal o no, yo decido cómo manejarla. Y tú me escuchas...
Todos me miran y puedo sentir cómo todo el mundo me juzga. La rabia se extiende por todo mi cuerpo y comienza a nublarme la cabeza, hasta el punto que siento que puedo perder el control y saltar sobre él y golpearlo hasta cansarme. Sin embargo, no puedo perder la elegancia ni el respeto. Así que solo fuerzo una sonrisa lo mejor que puedo.
—Haga lo que quiera, señor presidente, pero yo, siendo usted, consideraría dos veces sus acciones. Nadie sabe; quizás mañana yo esté casada y sentada en donde usted está, y usted en la calle.
El reto ya estaba puesto sobre la mesa y la pelea iniciada. No pienso perder, no importa lo que me cueste.
Salgo del trabajo y envío un mensaje a la persona menos esperada. Luego, me encuentro en un elegante restaurante; camino con paso firme y directo hacia mi objetivo: Cristian Smith.
Llego a su mesa y él me esperaba con una copa de vino en la mano. Levanta su mirada hacia mí, seguro y orgulloso.
—¿Todavía quieres casarte conmigo? —pregunto sin sentarme, solo lo miro determinada.
—Aún te necesito, Zamira.
Sonrío con satisfacción.
—Entonces ponte de rodillas, pídeme perdón y ruégame que me case contigo.
Él me miró sorprendido y yo solo sonreí. La guerra estaba iniciada. Una guerra contra dos hombres que tratan de derrotarme y destruirme. Y yo nunca pierdo.







