Mundo ficciónIniciar sesiónCamino con pasos torpes que no siguen una línea ni un orden. El taxi me dejó frente a una discoteca, el último lugar en el que debería estar si tengo en cuenta que mi padre acaba de morir y de que aún llevo la ropa de funeral.
Aun así, no tuve más opción, ya que la sonrisa del imbécil de Bruno, más las felicitaciones de la perra de Nicol y de mi madrastra, fueron un golpe lo suficientemente fuerte para hacerme perder la razón.
"Por supuesto, el alcohol en mi sistema también ayuda".
Luego del funeral, Bruno se acercó a mí a darme el pésame y hacer ese venenoso comentario; me dijo que él cuidaría bien la compañía por mí. ¡Él cuidaría de mi compañía! Claro que no, no dejaré que esta trampa suceda, no permitiré que él gane.
Él sabe claramente que no creo en el amor, y cuando mi padre estaba vivo me negué y declaré que jamás me casaría. Esos sentimientos tontos y la absurda idea de que como mujer necesito de un hombre para estar completa... por eso mismo él asume que mi orgullo me hará dejarlo ganar y quedarse con lo que a mí me pertenece, pero hay algo con lo que él no contó, y es qué tan loca estoy.
Entro a la discoteca y el ambiente está más animado de lo normal. Las personas llevan confeti encima y luces fosforescentes. Le escribo a mi mejor amigo y él me envía el mensaje de en qué mesa está. Llego hasta allí y lo veo coqueteando con un chico más bajo. Me acerco, él grita mi nombre y me abraza.
—Necesito hablar algo importante contigo —le grito al oído, separándolo del otro tipo, quien me mira con desconfianza.
—¿Qué te sucede, cariño? ¿Por qué estás vestida así? —dice por mi desabrido vestido negro, el cual no concuerda con el estilo elegante y sexi que suelo llevar.
—Mi papá murió esta mañana.
—¡Por Dios! ¿Estás bien? ¿Qué sucedió?
Realmente no tengo tiempo para esto.
—Estoy bien, vengo del funeral, pero necesito pedirte un favor.
—Claro, amor, lo que necesites.
—Necesito que te cases conmigo.
Él me mira unos segundos confundido. No creo que logre entender lo que pasa; yo tampoco lo haría, siendo honesta, pero no tengo tiempo de dar contexto.
—Y necesito que lo hagamos ya, lo antes posible.
Él se queda unos segundos en silencio. Abre la boca para decir algo, pero luego hace silencio; me toca el hombro y se acerca con cara de preocupación.
—Cariño, ¿estás borracha? ¿Estuviste bebiendo en el funeral?
—Hablo en serio. Y sí, bebí un poco de más, pero estoy sobria. Necesito que te cases conmigo.
—¿Sabes que soy gay, cierto?
Suspiro.
—Sé que eres gay y tú sabes que yo no deseo casarme jamás —él hace una mueca de afirmación— y que nunca me enamoro.
—¿Entonces por qué te quieres casar conmigo?
—Mi padre puso en su testamento que debo estar casada por mínimo tres años para poder heredar la compañía.
—¡Qué viejo de m****a! —se le escapa—. Lo siento, no debí...
—Era el peor y sigue arruinándome la vida incluso después de muerto. Por eso necesito que te cases conmigo; sería un matrimonio lavanda. Tú harás lo que quieras con tus chicos y yo haré lo que quiera con los míos —explico, y la desesperación comienza a notarse en mi voz—. Por favor.
Él parece estarlo pensando.
—Me encantaría ayudarte, lo sabes, pero...
—Por favor, no digas pero.
—Pero ya estoy casado.
—¡Claro que no! Te conozco de toda la vida y nunca te casaste.
—¿Recuerdas las vacaciones en Las Vegas?
—¡¿Aún no te divorcias?!
—Claro que no, aún no. Es lo único que me une a él; si me divorcio, significa que no todo termina.
Por eso el amor es inútil. Las personas se aferran a fantasías imposibles y terminan sufriendo y arruinando las posibilidades de matrimonio de los demás.
—Lo siento, pero...
El ruido de la fiesta no lo deja terminar. Un grupo de hombres se reúne, todos juntos, a gritar y a arrojar champán por los aires.
—Maldición, olvidé decirte...
Y justo cuando le iba a preguntar de qué hablaba, lo vi a él. La última persona que necesitaba en este momento: Cristian Smith. El hijo de perra más grande que conozco y el sujeto que más odio. Lo veo volar por los aires con esa sonrisa de que es el dueño del mundo que siempre tiene. Su pelo negro se balancea por los aires mientras el grupo de hombres lo levanta y lo lanza en una escena casi repugnante de hermandad masculina. Ahí él me vio. Sus ojos se conectaron con los míos por un segundo, lo cual fue más que suficiente para arruinarme un día que no podía ponerse peor.







