El silencio que siguió a la petición de Bruno era tan denso que podía escuchar el tictac desbocado de mi propio corazón. Los rostros de los directores, esos hombres que alguna vez agacharon la cabeza ante las órdenes de mi padre, ahora evitaban mirarme a los ojos. Vi la traición reflejada en la pantalla de sus tabletas, vi la cobardía corporativa en sus gestos tensos. Bruno permanecía de pie, inflado por la soberbia, esperando que la votación iniciara para saborear los restos de mi caída.
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