El eco de la amenaza de Samantha Richmond se desintegró en cuanto las puertas de madera de mi oficina se cerraron a su espalda. No tenía un solo segundo para perder en las tonterías de una despechada, ni en advertencias venenosas de pasillo que solo buscaban desestabilizarme; el reloj de la corporación Del Castillo no se detenía por los dramas personales de nadie, y mi verdadera ejecución —o mi milagrosa salvación— estaba programada para esta misma mañana en el piso de la junta directiva.
Camin