Cristian
El eco del portazo de Bruno se desvaneció por completo, dejando la imponente sala de juntas sumida en un silencio absoluto. La tormenta que había desatado para salvar la corona de mi esposa había dejado el aire cargado de una tensión eléctrica, casi densa. Deslicé la mirada por las sillas vacías, las pantallas electrónicas que aún paradeepaban con las alertas de mi holding y, finalmente, me detuve en ella.
Zamira permanecí