Las puertas de cristal de Inversiones Richmond reflejaban la postal perfecta de dos realidades opuestas. Samantha, con la mejilla enrojecida por el golpe de su padre, el maquillaje ligeramente corrido y la respiración errática, se veía como el vestigio de una tormenta. Yo, en cambio, permanecía impecable dentro de mi traje sastre rojo carmín; ni un solo cabello de mi peinado recogido se había movido, y la tela de alta costura caía con una simetría perfecta sobre mi figura. Sostenía mi bolso de