Mi propio apellido, Del Castillo, era un arma de destrucción masiva en el mundo de los negocios. No necesitaba un acta de matrimonio ni el respaldo de ningún hombre para abrir las puertas más exclusivas del país; mi posición como vicepresidenta y heredera universal del imperio de mi padre era una llave maestra dorada que había forjado con mi propio intelecto y ambición. Y planeaba usarla sin ningún tipo de remordimiento.
Esa misma tarde, vestida con un traje sastre de alta costura rojo carmín y