Al frente del batallón, yo marcaba el ritmo con el eco implacable de mi calzado sobre el mármol de la entrada. Llevaba una tableta en la mano y a mi lado, un arquitecto de interiores anotaba febrilmente cada una de mis directrices.
—Ese mueble de la entrada —señalé con el dedo índice, sin ocultar mi desprecio—, al depósito. O mejor aún, dónenlo. Es un atentado contra el buen gusto. Quiero la consola minimalista de titanio y el espejo geométrico en su lugar.
Mi plan de hacerle la vida jodidament