Los alaridos de Isabella aferrando a Matilde eran como los de una niña que por fin ha recuperado su juguete más amado; era una madre a la que le habían devuelto el corazón. Inhalaba en su cabello, buscando al aroma que recordaba. Olía a desinfectante para heridas, pero era ella, de eso no había dudas.
El llanto de Mary era silencioso. Sus lágrimas caían y se las limpiaba inmediatamente con un pañuelo mientras acariciaba la espalda de Isabella.
—La niña ya está con nosotras, tranquila Isabelli