—¿Quiere saber lo que opino? —habló arrastrando la voz con cierta altanería, su cara demostraba que estaba ebria, su actitud terca solo era alentada por eso—, usted es un pesado.
—¿Un pesado? —Elevó una ceja con desconcierto, contrariado.
—Sí, es un pesado. Quiere jalarme de aquí para allá y así me quiere mangonear como si yo le perteneciera.
—Si no lo olvidas soy al que le debes respeto porque estamos casados, por eso tengo el derecho a “ser un pesado” si te encuentro borracha como justo ah