—Lo recuerdo. Según ese acuerdo lo impone —masculló con desagrado—, usted es mi marido y yo su esposa, aunque no esté de ninguna manera dispuesta a tomarlo como lo plantea.
—Por ese tiempo lo deberás ser y no espero que vuelvas a mencionarlo hasta entonces —señaló con autoritarismo. Ella le frunció el entrecejo y luego cambió su expresión a una mirada de poco respeto y un leve humor de descaro para contestar.
—Entonces… ¿Esto…, es mío?, ¿y puedo hacer con esto lo que quiera? —Enarcó una ceja