Puse en altavoz la llamada y encendí un puro.
Pero después de dos jaladas lo apagué.
La ansiedad no me dejaba disfrutar ni la nicotina.
Miré por la enorme ventana del despacho mientras escuchaba la voz de mi suegro al otro lado de la línea.
—¿Que ocurre?
—Protegeré a mi hija y a mi nieto. Cuando tenga oportunidad de ir por ellos lo haré.
Sonreí.
Siempre tan terco.
Siempre creyendo que podía resolverlo todo y decidir lo que el quisiera.
—Mañana daré la información del lugar don