La decisión de la sangre
El sonido de las sirenas cortaba la quietud del pueblo como un lamento fúnebre. Alexander frenó su auto en seco, dejando una estela de humo y grava, justo cuando los paramédicos terminaban de asegurar la camilla de Elena. Al verla, el corazón de Alexander se detuvo: ella estaba pálida, con los labios azulados y el rostro empapado en un sudor gélido. La mancha de sangre en sus sábanas blancas era una sentencia de muerte.
—¡Elena! —gritó Alexander, apartando a uno de los