El límite de la paciencia
Alexander se quedó solo en la cocina, con el corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado. Tomó un vaso de agua, pero no para hidratarse; el líquido frío era apenas un intento inútil de apagar el incendio que le consumía las entrañas. Sus dedos, rígidos, apretaban el cristal. Eso lo veremos, Elena, pensó, una promesa silenciosa que oscilaba entre la determinación y el deseo desesperado. Eres mi esposa. Tu lugar es aquí, a mi lado, aunque te empeñ