Dentro hay varias habitaciones, a cada lado del oscuro pasillo, donde los clientes más exhibicionistas lujuriosos exhiben a los pervertidos voyeristas sus juegos de shibari, dominación y sumisión, o simple sexo salvaje.
Los sonidos de gemidos saturan cada rincón por el que caminan, intercalados con alguno que otro grito de dolor o placer, o ambas cosas. De algunas de las habitaciones por las que pasan emanan los inconfundibles sonidos de bofetadas o el agudo chasquido de una pala o un bastón.