La tarde cayó pesada sobre Gabriele, como un manto opresivo que no terminaba de ahogarlo. Se había refugiado en el pequeño jardín de su casa, buscando un poco de relajación entre el aroma de la tierra húmeda y el zumbido cansado del viento entre las hojas. Se sentó en uno de los bancos de piedra, las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta, la mirada perdida en el horizonte de la ciudad.
El tiempo parecía haberse congelado, suspendido en esa mezcla de miedo y arrepentimiento que lo mante