Luciano y Gabriele salieron del café. El sol declinaba con lentitud, como si no quisiera abandonar el cielo todavía, caminaban juntos, sin decir demasiado, sus manos no se tocaban, pero sus cuerpos se acercaban con una atracción inevitable.
Luciano se detuvo frente a un edificio que parecía una joya tallada contra el cielo, imponente, con líneas sofisticadas de vidrio polarizado y acero cepillado. Luciano sin mirar a Gabriele, de repente preguntó con una voz embriagadora:
—¿Quieres subir?
Gabrie