Me quedo de pie frente al tal Mark. He notado que él es de mente más débil; es un maldito cobarde, pero actúa muy bien para parecer fuerte. Lástima que cuando finges ser algo que no eres, el teatro no dura para siempre.
Le coloco la punta de la navaja justo en el centro de la frente presionando lo suficiente para hacerle un pequeñísimo corte del que brota un fino hilo de sangre.
—Dime, Mark. —continuo—. ¿Quién la quiere muerta?
El tipo cierra los ojos con fuerza y niega con la cabeza repetidas